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¿Quién hablará Européen? Un puzle
Arman Basurto
13 June 2022
published in Issue One

En el siglo XII, Bernardo de Claraval (promotor de la Orden del Císter), veía a las ciudades y a su mezcla de lenguas e identidades como una fuente de mal y de desorden. 

« Huid de en medio de Babilonia, huid, y salvad vuestras almas. 

Volad a las ciudades de refugio, 

en donde podréis hacer penitencia de lo pasado, 

alcanzar la gracia para lo presente, 

y aguardar con confianza la gloria futura »

París era Babilonia.

Algunos siglos después de que San Bernardo de Claraval llamase a los píos a huir de París y refugiarse en el campo, lejos de aquel pandemónium de culturas, ideas, lenguas e identidades que se estaba formando al calor de la recién fundada Universidad de París, Miguel de Cervantes insertó en las locas aventuras de Don Quijote una reflexión sobre la poesía en lenguas maternas y extranjeras. En la segunda parte de la novela. Don Quijote y Sancho Panza se encuentran con un viajero que se queja de que su hijo, demasiado poético, ha pasado « seis años en Salamanca, estudiando latín y griego ».

Don Quijote no duda en secundar en primer momento las críticas del hombre:

El grande Homero no escribió en latín porque era griego, ni Virgilio no escribió en griego, porque era latino. En resolución, todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las estranjeras para declarar la alteza de sus conceptos. Y siendo esto así, razón sería se entendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase el poeta alemán porque escribe en su lengua, ni el castellano, ni aún el vizcaíno, que escribe en la suya. 

Pero, a pesar de ello, conmina al hombre a que « deje caminar a su hijo por donde su estrella le llama », y da una última vuelta de tuerca a su razonamiento: 

Siendo él tan buen estudiante como debe de ser, y habiendo ya subido felicemente el primer escalón de las cienciasXXII, que es el de las lenguas, con ellas por sí mesmo subirá a la cumbre de las letras humanas, las cuales tan bien parecen en un caballero de capa y espada y así le adornan, honran y engrandecen como las mitras a los obispos o como las garnachas a los peritos jurisconsultos.

Mientras tanto, Sancho Panza, aburrido de la conversación, se fue pedir algo de leche a un grupo de pastores; uno de los muchos que él y el caballero de la triste figura habían divisado desde que comenzaron a deambular por los caminos de España.

En septiembre de 1788, en Caransebeș (una pequeña ciudad rumana en la frontera entre el territorio austríaco y el Imperio Otomano), se presentó un gran ejército austríaco. La tropa se preparaba para invadir el territorio otomano, como parte de uno de los innumerables conflictos que asolaron esa esquina de Europa durante aquellos años.

La noche del día diecisiete, víspera de la invasión, los soldados descansaban, y lo hacían con una mezcla de tedio y expectación. La tropa formaba un conjunto curioso: húngaros, rutenos, italianos, croatas... el ejército formaba una macedonia de pueblos y culturas ininteligibles entre sí, pero que el mismo tiempo arrojaba una imagen muy precisa de ese crisol de pueblos y de lenguas que fue el Imperio de los Habsburgo. Siendo ya de noche, unos gitanos se aproximaron a las tropas de caballería con el objetivo de vender algún tipo de licor. Mientras los jinetes daban cuenta de los barriles, las tropas de infantería se acercaron al fuego donde bebían y charlaban.

Fue entonces cuando llegó el caos. Un disparo al aire terminó con la disputa por la bebida, pero dio lugar a una auténtica batalla campal. Al parecer, fueron las tropas de origen rumano quienes pensaron que el disparo provenía de algún contingente turco, y pronto la soldadesca se enfrascó en una refriega consigo misma, creyendo luchar contra un enemigo que en ese momento dormía a decenas de kilómetros de distancia. Las cosas empeoraron cuando los oficiales austríacos (los únicos que hablaban alemán en medio de aquel maremágnum) comenzaron a gritar ¡alto! (« Halt! », en alemán). Pero aquella masa diversa y monolingüe, entendió que los turcos invocaban a « Alá », y se dispuso a luchar con mayor ahínco contra sí misma. Mientras tanto, los artilleros, que observaban desde la distancia, dudaban qué hacer. Finalmente dispararon sobre sus compañeros, que terminaron abandonando el terreno a la carrera. 

Cientos murieron. Lo precipitado de la huida encabritó al caballo de José II, que arrojó a su insigne jinete a un pequeño arroyo repleto de fango.

¡Qué amarga lección para todo un emperador! Un año después, la revolución francesa puso en marcha los grandes proyectos de construcción nacional y de uniformización del vulgo a través de la instrucción pública. Pero aquella noche, las lenguas del populacho, en su infinita diversidad y falta de uniformidad, le habían jugado al emperador una mala pasada. No sería la última vez. 

Ciertos códigos lingüísticos permitieron durante generaciones que las élites aristocráticas se reconociesen las unas a las otras y las dotaron de una cierta familiaridad, incluso cuando eran originarias de países situados en extremos opuestos del continente europeo que se hallaban en guerra.

En las páginas finales de Guerra y Paz (1869), Pierre Bezújov, uno de los primeros antihéroes de la literatura, es hecho prisionero por el ocupante francés. Lo que le salva del cadalso es la lengua que comparte con su captor, el Mariscal Davout. 

El oficial que pasaba por su lado no dijo nada, pero pronto llegaron a por él, le agarraron, y junto con los otros, le llevaron a través de la ciudad a su celda de arresto de la calle Pokrovskaia. Después, por dos veces, le condujeron a una casa donde le interrogaron acerca de su participación en los incendios. Le llevaron a Devichye Pole y desde allí, ante Davout.

Davout escribió alguna cosa y, volviéndose, miró a Pierre atentamente y dijo:

—Conozco a este hombre, ya le he visto. Fusiladle.

Pierre se quedó frío y comenzó a hablar en francés:

—Usted no puede conocerme porque yo nunca le he visto.

—Ah! si habla francés, dijo Davout, mirando otra vez a Pierre.

Se miraron mutuamente durante un minuto. Esa mirada salvó a Pierre. 

Ese hermanamiento distante que describió Tolstoi salvó a Pierre, pero de poco les sirvió aquella ráfaga de familiaridad a los pobres infelices que compartían celda con Bezújov. Pocas horas después, todos yacían muertos sobre el piso. En la obra de Tolstói, la lengua común humanizó a un adversario, pero lo hizo a costa de deshumanizar a todos los demás.

Las lenguas unen y dividen. En un « debate » como el que existe en torno a las lenguas y la integración europea, las caricaturas y los falsos dilemas solo contribuyen a enconar la disputa. La pléyade de lenguas europeos puede ser presentada por tanto como obstáculos para una unidad mal entendida, o como la última línea de defensa frente a las dinámicas uniformizadoras presentes en nuestros días. El inglés emerge mientras tanto como una potencial lengua franca: tal vez se convierta en una lengua semi-autóctona en el seno del continente, o tal vez siga sienda una « tierra de nadie lingüística ».

¿Es una diglosia que jerarquice las lenguas europeas el precio a pagar por una lengua común? Espero que no, y creo que no tiene por qué serlo.

En el barrio europeo de Bruselas (y por extensión en esta Europa avejentada pero aun coqueta en la que nos ha tocado vivir) todas las cosas tienen varios nombres. Demasiados, dirán algunos. Los letreros en las fachadas muestran los nombres del callejero en las dos lenguas que hacen de la ciudad una de las viejísimas costuras que aún mantienen unidas a la Europa latina y a la germánica. En la capital de Europa, las lenguas son incontables, y sus acentos, infinitos. Es, en ese sentido, un espejo cóncavo que devuelve un reflejo concentrado (y algo deforme) de la imagen que proyecta el continente.

Es en esa misma Bruselas, ciudad en la que resido, donde acostumbro a jugar al fútbol en unos campos de cemento en los que los trabajadores de las instituciones se mezclan con los chicos que residen en las comunas cercanas a la Comisión y el Parlamento, y que suelen ser nietos de los árabes que llegaron a trabajar a Bélgica hace cinco décadas. En las pachangas, ellos acostumbran a utilizar el árabe para comunicarse y no ser entendidos por el rival. Pero, al acabar el partido, vuelven a hablar en francés entre ellos.